Amárrate los pies y cúbrete de agua. Todos habremos visto tu espectáculo. Pero cuando quieras salir, cuando quieras terminar, yo miraré a tus ojos y no veré ninguna luz.
Piso y me corto los pies con cada mirada. Y aunque me escueza la sangre que corre, sigo adelante sin dudarlo. Como un camicace, sin permiso. Y jugando con fuego, seguramente, me acabaré quemando el cuerpo.
Pisas sobre mis intestinos sin escrupulos. Dejando atrás un rastro, rematas mis tripas para que vomite con más fuerza. Y aún con sabor a sangre en la boca, miro con toda mi alma hacia adelante.
Me aferré a tu cara como un ciego. Tratando de recordar cada milímetro. Aprendiéndomelo para que me acompañe. Y quedarme para siempre, para toda la vida, encerrada en ese momento.
La soledad es igual de triste y necesaria. A veces, necesitas encontrarla. Para que te explique el por qué de las cosas. De tus cosas. Y cuando ya todo te sobrepasa, ella te consuela. No te intoxica. Te acaricia la espalda para que ordenes tu mente.